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Crónica de un hombre bueno: Melchor Rodríguez

Cultura

Crónica de un hombre bueno: Melchor Rodríguez

Fernando Cabrera. Periódico EL LORQUINO. 13/02/2016 

La Guerra Civil fue ese momento de nuestra historia que nos dejó marcados, que dividió el país en dos partes bien diferenciadas y que todavía hoy sigue pululando sobre nuestras cabezas en forma de fantasmal sombra que puede que no marche nunca.

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Ni buenos ni malos. Todo aquel que mate, es igual de malo que el otro, no importa el ideal que le lleve a hacerlo. La guerra es un error y eso lo supo un hombre de convicciones firmes y puras, como lo fue Melchor Rodríguez García. Anarquista y sindicalista como el que más, tuvo la osadía de plantar cara a sus superiores para no obedecer esas órdenes que le parecieron inhumanas y crueles, salvando así a muchos adversarios políticos cuya vida pendía de un hilo demasiado fino. Adversarios, porque él siempre tuvo adversarios y no enemigos. Al igual que siempre siguió una premisa: Se puede morir por las ideas, nunca matar.
Melchor nació en 1893 en el seno de una familia muy humilde en el barrio de Triana de Sevilla. Desde joven tuvo que trabajar en diversos trabajos que apenas les daban para subsistir, hasta que en 1913 decidió dedicarse al toreo. Poco a poco empezó a coger fama y toreó en plazas más importantes, hasta que entre 1918 y 1920 tuvo un par de
cogidas graves que le hicieron abandonar el oficio. Se marcharía a vivir a Madrid, donde empezó a integrarse en los movimientos de la lucha obrera. Se afilió a U.G.T. y poco después formaría parte del C.N.T. Su actividad política empezó a tomar cierta relevancia y su obsesión por la situación de las prisiones le llevó a probarlas en más de
una ocasión.

Pero su momento llegaría con el estallido de la guerra en el 36. En ese año sería nombrado Delegado de Prisiones. El estado de las cárceles y penitenciarías durante esa caótica situación no podía ser más precario y el trato a los presos políticos (fascistas) era espantoso. Él se encargó de detener las Sacas, que no era otra cosa que sacar a los presos, normalmente bajo el engaño de que iban a pasear, y al llegar a ciertos lugares (el más famoso era Paracuellos) eran fusilados. Para evita eso, dispuso que ningún preso podía salir de la prisión entre las 6 de la tarde y las 8 de la mañana sin su  consentimiento personal.

Él mismo se encargó de trasladar enormes partidas de presos políticos hacia sitios seguros para evitar así su linchamiento, incluso hasta la frontera con Francia. Todo eso le costó su puesto poco más de tres meses después desde que ostentara ese cargo (Marzo de 1937), pues los altos cargos republicanos y comunistas veían con malos ojos que uno de sus aliados se dedicara a salvar fascistas.
Pasó a ser encargado de cementerios, pero su labor para salvar personas continuó. Escondía fugitivos políticos en su casa, decenas de ellos, y también en el Palacio de Viana, que fue incautado por él para ese propósito. Miles de vidas se salvaron gracias a su dedicación y su valentía. Porque la guerra no sirve más que para eso, para matar, y en
ese caos absoluto, lleno de depravación y lo peor que el ser humano pudiera dar de sí, había un hombre que se jugó la vida por personas a las que no conocía de nada.
Personas que normalmente eran sus rivales políticos, pero eran eso, personas. Gentes que se encontraban en el lugar equivocado en el momento menos adecuado. Su último cargo importante sería el de ser alcalde de Madrid por un breve espacio de tiempo en 1939, ya que sería el encargado de entregar la ciudad al bando fascista. Tras la guerra, en los posteriores juicios, los golpistas, ya instaurados en el gobierno, pedían la pena de muerte para Melchor, pero una serie de personas que el condenado había salvado durante la guerra de ser fusilados, entre ellos importantes cargos de justicia e incluso el mismo fiscal que le juzgaba, habían firmado un documento para conseguir que esa pena se quedara en una condena de 20 años y un día de prisión.
El tener amigos en el gobierno franquista del momento, salvó la vida a Melchor, y de su condena sólo cumplió los primeros cinco años. Tras salir a la calle, varias de esas personas que él había salvado, le ofrecieron importantes puestos de trabajo, pues le querían devolver el gran favor que les había hecho, pero él los rechazó, ya que, ante
todo, era anarquista y sindicalista.

Durante la dictadura siguió con su labor sindicalista de forma clandestina (lo que le costaría pisar la cárcel, brevemente, en otras ocasiones) y vivió de forma muy humilde, pero nunca se arrepintió de aquello que hizo. Un hombre bueno cuyo único fin fue el de hacer el bien por los demás, aunque tuviera que enfrentarse al mismo José Cazorla o a Santiago Carrillo. Un hombre que tristemente se va hundiendo en el olvido y no es recordado como merecería, pues, sin duda alguna, fue el mejor y más honrado político que hubo en esos tres años de conflicto. Un hombre repudiado por sus compañeros comunistas por ser amigo de fascistas y por los fascistas por ser rojo. Algo que sería hasta la misma muerte.
Aunque su sueño era morir después que Franco, no pudo conseguirlo, pues el 14 de febrero de 1972 le llegó su hora. Fue enterrado en el funeral más extraño que se recuerda de toda la dictadura, pues en su féretro se introdujo una bandera anarquista y sus compañeros del C.N.T. cantaron A las barricadas (algo completamente inusitado en
aquel momento y que podría haber costado la prisión a los responsables), pero por otro lado, como había que cumplir el rito católico por obligación, se le enterró con un crucifijo y su amigo, el ministro franquista, Martín Artajo rezó un Padre Nuestro, lo que convirtió el funeral en un símbolo de unión entre dos Españas enfrentadas y que todavía hoy muestran sus diferencias.

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En imagen: Placa conmemorativa situada en la casa que le vio nacer en el barrio de Triana.

Se recuerdan a políticos de aquella época que fueron tan criminales los unos como los otros, sean los ideales que sean, y que hicieron que muchos hermanos, primos o distintos familiares se enfrentaran por culpa de esos ideales que unos cuantos imponían; y, sin embargo, nadie parece recordar a uno de los pocos políticos honrados que han
existido, el único que pensó en los demás antes que en sí mismo, el único que fue admirado por un bando y otro, al igual que fue repudiado por ambos, el único que merece ser considerado un hombre bueno. Melchor Rodríguez García, el Ángel Rojo.

Redacción de Periódico EL LORQUINO Noticias.

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